Posteado por: rodriguezpascual | 13 marzo 2011

El Antruejo de Lubián. Xosé M. Pazos


El Antruejo de Lubián.  Xosé M. Pazos.

“O «entrudio»” –e outras festas de inverno– en Lubián”. Publicado en Cadernos da Escola Dramática Galega, n.º 52. Enero-1985. A Coruña.

Publicado posteriormente en Mascaradas de Invierno en la Provincia de Zamora.  Biblioteca de Cultura Tradicional Zamorana. Nº 24. Zamora 2009.

I. Introducción

El rincón del noroeste de la provincia de Zamora, encajado entre las montañas de León al Norte, Orense al Oeste y Portugal al Sur, presenta unas características especiales que lo distinguen de forma natural del resto del territorio zamorano e incluso del resto de Sanabria, comarca a la que políticamente está incorporado. Basta con echar una ojeada al mapa de la provincia de Zamora para percatarse al instante de que el antedicho rincón forma una especie de “hocico” muy marcado en el conjunto de la línea de las lindes provinciales. Desde el principio quisiéramos subrayar dos hechos importantes que prueban que ni geográfica ni históricamente hay relación alguna entre esta región y el resto de las tierras zamoranas.

Sea el primero la presencia allí del río Bibei, el único río de la provincia que no pertenece a la cuenca del Duero, sino a la del Miño, ya que vierte sus aguas en el Sil, y sus primeros kilómetros discurren por tierras zamoranas. En cuanto al hecho histórico y humano, subrayemos que a partir del Padornelo y hacia Galicia, empieza a hablarse, no otra variedad dialectal, sino otra lengua: el gallego, apareciendo así una barrera doble, formada de una parte por los montes y de la otra por el habla, que separa y aísla esta zona del resto de Sanabria. Estas dos razones, para no entrar ahora aquí en detalles

que no son necesarios, prueban de forma contundente el carácter de total independencia de esta comarca con respecto al resto de la provincia y, por lo tanto, su inclinación natural hacia Galicia y Portugal. Aunque pertenezcan al Partido Judicial de Puebla de Sanabria, todos los pueblos situados más allá de la portela de Padornelo hacia el oeste, no se consideran sanabreses y tienen conciencia clara de su diferenciación. (Luis Cortés y Vázquez: El dialecto galaico portugués hablado en Lubián. Univ. de Salamanca, 1954.)

Si el viajero que va por la carretera 525 Vigo-Madrid hacia la capital del Estado, después de dejar atrás el túnel de la Canda (y de encontrar un letrero enorme que nos mete en Castilla y León) y antes de empezar a subir las cuestas del Padornelo, vuelve la vista a su izquierda, no dejará de ver un pueblo pequeño, colgado (más que asentado) en la ladera de una montaña pelada y escarpada, que a simple vista no ofrece más atractivo que cualquier otro de los varios que podemos ver desde la carretera, pero que en realidad es bien distinto por diferentes causas: estamos en Lubián. Visto por dentro, Lubián es un pueblo cabeza de ayuntamiento con unos trescientos habitantes (dobla su población en verano por la vuelta de los emigrantes de vacaciones), con unas casas de construcción típica entre sanabresa y gallega de montaña y que vive de la agricultura (pobre agricultura de subsistencia) y del ganado (vacas, cabras y burros principalmente).

Pero ya desde el principio hay una serie de detalles que nos llamarían la atención, como por ejemplo la relativa abundancia de jóvenes (mozos; en una zona castigada demasiado por la emigración), la intensa vida cultural y festiva (propiciada por esos jóvenes) y el apego a las tradiciones que se manifiesta en el empleo normal del gallego (aunque ahora están mejor comunicados que hace unos años con el resto de la provincia) y en la conservación de muchos juegos, fiestas y costumbres que en otros lugares no muy lejanos (incluso dentro de Galicia) fueron desvaneciéndose poco a poco. Si a esto añadimos el empuje de la Asociación Cultural “Xente Nova” y del mismo

Ayuntamiento, dirigido por un maestro del lugar, que luchan con todas sus fuerzas para no perder su identidad diferenciadora, pero a la vez integradora por lo que tiene de popular, nos encontraremos en mi modesta opinión (y conozco bien toda la zona) con uno de los pueblos más atractivos de toda la franja gallego-parlante de la provincia de Zamora para cualquier persona que se interese por estos temas. Aunque este trabajo va encaminado a hacer un estudio sobre el carnaval en Lubián, no se podría empezar sin hacer antes una referencia a las demás fiestas de invierno (reyes y fiadeiros –hilanderías– fundamentalmente) que presentan (presentaban hasta hace bien poco) una continuidad, tanto temporal como también en los planteamientos festivos, de tal forma que unas se mezclan con las otras y no se llega a saber cuando acaba una y empieza realmente la otra. Este es un hecho muy normal si tenemos en cuenta que en un pueblo pequeño, como ya quedó indicado, con un invierno bastante duro y unas noches largas y frías, las reuniones de vecinos, las charlas alrededor de la cocina, la diversión en general, es la mejor manera de pasar el tiempo y de divertirse. Como dato esclarecedor, y para que el lector se haga una idea del ambiente que se respira allí, señalaré que el pueblo tiene una intensa vida cultural durante el invierno, inusitada en un lugar de sus características, centrada alrededor de la “Casa do Pobo” (recientemente restaurada y aprovechada al máximo de sus posibilidades) con proyecciones semanales de cine, representaciones teatrales (existe un grupo de teatro estable), exposiciones, jornadas culturales diversas, recitales, bailes o simplemente conversaciones o pequeñas meriendas junto a la lumbre; actividad que se interrumpe casi totalmente en el verano, en parte debido a los trabajos agrícolas y en parte también porque no se dan las condiciones de aislamiento e intimidad que existen en el invierno blanco.

Comienza pues el ciclo de fiestas el cinco de enero –por razones obvias no voy a hablar aquí de las fiestas de Navidad y fin de año–. Esta noche los jóvenes dan una vuelta por todo el lugar cantando los reyes y cobrando los “aguinaldos” en dinero o en productos de la tierra (patatas, huevos, carne…); aguinaldo que es depositado en un carro (este carro que acompaña a los jóvenes en el reinado va adornado normalmente con motivos naturales (retamas, flores…) o telas, y recibe el nombre, lo mismo que los del “antroido”, de “carro afeitado”, lo que me parece una clara vulgarización del vocablo “carro enfeitado” –adornado–, vulgarización que viene de antiguo, pues ni los más viejos del lugar recuerdan el otro nombre.) que los acompaña y que va a parar después al fondo común para hacer la fiesta.

Así, a partir de esa noche, todos los hombres de Lubián, solteros y casados, se juntan para merendar y cenar en la casa del pueblo hasta que dure el aguinaldo recogido, y montan una fiesta de hombres solos en la que se come, se bebe, se canta, se relatan e inventan historias e incluso se baila al son de un gaitero, gallego o sanabrés, que se contrata todos los años para la ocasión. Es el “reinado” en este momento una de las fiestas con más aceptación por parte de la gente, como queda demostrado, por ejemplo, por el hecho de que este año haya durado hasta el 13 ó 14 de enero con fiesta diaria y mucho aguante por parte de los hombres participantes (y de las mujeres que los esperan en casa); téngase en cuenta que estas fiestas acostumbran a durar hasta las dos o las tres de la madrugada y al día siguiente hay que levantarse temprano para trabajar. Nada

más terminar el “reinado” comenzaban los “fiadeiros”, y digo comenzaban porque esta es una fiesta que murió hace nueve o diez años asesinada por la aparición de la televisión, aparato que reúne alrededor de sí a la familia actual de Lubián, y ante el que la mujer hace calceta, el hombre dormita y los hijos atienden embobados, todos junto al fuego, en esas frías noches lubianesas en las que no hay otra cosa. Ahora bien, a pesar de esa “muerte-súbita” de los “fiadeiros”, creo que es necesario describirlos aquí por todo lo que tenían de fiesta parateatral, por lo que suponían de anticipación del “antroido”, y ¿por qué no? porque hace muy poco que desaparecieron en una aldea como Lubián, en la que la mayoría de las tradiciones se conservan o la juventud lucha cada día por recuperarlas, no sería de extrañar que  los “fiadeiros” volviesen a ser poco a poco aquello que un día no muy lejano fueron (pensemos en que cualquier joven lubianés se acuerda de ellos perfectamente, y yo comprobé, en los que hablaron conmigo, que lo hacen con una fuerte dosis de “morriña”).

Los “fiadeiros” eran reuniones de vecinos al amor de la lumbre, generalmente en la cocina más grande del barrio, en las que, mientras las mujeres hilaban, los jóvenes conquistaban, los hombres contaban historias, llenas de picardía la mayoría de las veces, inventaban cuentos o chistes o –y aquí está lo verdaderamente interesante– representaban parodias y pequeñas piezas teatrales. Existían en Lubián varios “fiadeiros” fijos (coincidían casi siempre con la casa más rica) en los que se juntaban todos los vecinos del mismo barrio noche tras noche (hombres, mujeres, chicos y chicas), por lo cual la fiesta en su comienzo tenía más de reunión vecinal que de fiesta parateatral propia (aunque como ya manifesté, era ésta una reunión hecha  fundamentalmente para que se diviertan todos). Pero a medida que las noches iban pasando y el “antroido” estaba más cerca, los “fiadeiros” iban derivando en verdaderas “antroidadas”, y de esa forma, como me manifestó un viejo de Lubián, el carnaval comenzaba aquí un mes antes que en los otros lugares. Efectivamente, al llegar el mes de febrero, los “fiadeiros” perdían su carácter de reunión vecinal más o menos festiva para convertirse en una especie de escenarios fijos donde los más viejos, las mujeres

y las chicas generalmente formaban el público que esperaba al calorcito a que llegaran los diferentes grupos, de jóvenes fundamentalmente, que disfrazados con ropas de casa y con caretas de cartón o de trapo, y siempre caracterizados como personajes concretos y definidos, recorrían los diferentes “fiadeiros” representando parodias o cantando “loias” (composiciones poéticas, generalmente satíricas, con temas relativos a la vida o a personajes del pueblo, que se recitaban o se cantaban tanto en el reinado como en los “fiadeiros”. Se conservan algunas ) ante la alegría de un público de lo más participativo. Esas “comparsas” peregrinaban de cocina en cocina, siempre acompañados por un “hombre bueno” sin disfrazar que los presentaba, y allí, o cantaban o improvisaban una historia cómica en base a los personajes que representaban: un clérigo, una pareja y unos padrinos, todos ellos con defectos físicos o en el habla para hacer más cómica la escena, parodiaban toda una ceremonia de casamiento, contando también con la participación espontánea del público; un cazador, un perro y unos conejos representaban una escena de caza con final cómico, etc. Como es natural existen infinitas posibilidades de personajes y de escenas –pensemos que era realizado cada noche por varios grupos y no se acostumbraba a repetir parodias– aunque lo más usual, por motivos obvios, eran representaciones que tuviesen alguna relación con la vida cotidiana del lugar (escenas de caza, de labranza, de bodas y entierros…) y sobre todo imitaciones de personajes conocidos e “importantes” (el cura, el maestro, el boticario, el cacique…) de los que se hacía burla a través de posibles defectos o poses características y de su habla-hoy mismo, la imitación de personajes es un género muy trabajado en Lubián y a buen seguro que pueden verse buenas imitaciones, sobre todo de voces y acentos-. Para llevar adelante estas parodias los “actores” no sólo se valían de sus propios recursos o de los que le daba su disfraz en sí (como se puede pensar de una representación improvisada), sino que echaban mano de todo tipo de utillaje que fuese necesario para el caso, apoyando su acción en coches de bebé, bastones, escopetas, orinales, incensarios o cualquier tipo de objeto, que, si no había forma de conseguir los originales, se fabricaban (o se simulaban con otros) para la ocasión, en casa. en la memoria de la gente, pero no consideré oportuno transcribirlas aquí por no ser propias del “antroido”.

También llama la atención el uso de recursos verdaderamente teatrales completamente estudiados, elaborados y muy bien ensayados para que surtiesen en el público el efecto deseado. Y para muestra un ejemplo: Para gastarle una broma al dueño de la casa donde se hacía un “fiadeiro”, que era bastante “delicado”, un grupo de jóvenes de Lubián idearon un truco que consistía en lo siguiente: se presentaron en el “fiadeiro” disfrazados y llevando en la mano un orinal, avisando, entre bromas y veras, que era para uno de ellos que andaba “flojo de vientre”; poco rato después el joven se puso “efectivamente” malo, cogió el orinal y se fue a una esquina, donde, entre gemidos y apretones de vientre, vertió con disimulo el contenido de una bolsa de chocolate muy espeso, que llevaba oculta entre la ropa; el joven se presentó después en el medio de la cocina con su cargamento y de pronto, el resto de los miembros de la comparsa se acercaron al orinal y empezaron a mojar galletas en él y a comerlas manchando ostensiblemente los labios, ante las risas y el asco de los presentes y de la “enfermedad” del dueño, que tuvo que irse corriendo a vomitar lo que había merendado.

Contra lo que podría pensarse, la representación acabó bien, gracias en este caso, a los oficios del “hombre bueno” que según parece tuvo bastante trabajo esa noche (su función era precisamente esa: responder por los miembros de la comparsa, que disfrazados como estaban, no se reconocían fácilmente, y sólo tenían permitida la entrada en el “fiadeiro” cuando respondía por ellos esa especie de valedor-fiador que era al mismo tiempo el presentador del espectáculo).

II. El Antroido convencional

Le llamo de esta forma para deslindarlo de ese otro “antroido” desarrollado en los “fiadeiros” y tomado como tal por los propios participantes. El “antroido” convencional sigue celebrándose en Lubián con la misma fuerza (sobre todo en los últimos años) y conserva todo su sabor tradicional, sin apenas variaciones que viniesen impuestas por el paso del tiempo.

1. Denominación

Nos encontramos aquí con un detalle cuando menos curioso, porque en esta zona el carnaval recibe el nombre de “ENTRUDIO”, saltando la denominación de entruido, entroido o antroido de la vecina Galicia interior (donde por otra parte la fiesta tiene gran raigambre: Verín, Laza…) y acercándose a la Galicia de las rías bajas donde recibe exactamente el mismo nombre.

2. Duración

El “entrudio” propio (dejamos ahora aparte su mezcla con los “fiadeiros”) dura en esta zona tres días: domingo, lunes y martes, y no se celebra ningún tipo de acto el miércoles, día que en algunos lugares de Galicia tiene mucha importancia en el desarrollo de la fiesta. Hace algunos años, cuando todavía había clase los sábados por la mañana, los niños anticipaban un poco el “entrudio” y daban ya el sábado por la tarde una vuelta por el pueblo con los “chocaios” en una especie de introducción a la propia fiesta.

3. Personajes

En el “entrudio” lubianés participan distintos tipos de personajes bien diferenciados entre sí y con una función específica dentro de la fiesta. Estos personajes son:

Los “marafois” (singular, marafón): personajes disfrazados y con la cara tapada que armados con varas, escobas o estacas tienen como misión perseguir a los niños de los “chocaios” alrededor del pueblo y asustar a la gente. Estos personajes están encarnados en la mayoría de los casos por jóvenes o casados, y nunca se deben dar a conocer. Hay que hablar también de la presencia de la variación de este personaje, lo que se podría llamar “o marafón doble”: un “marafón” lleva atado a la espalda –espalda contra espalda– un muñeco relleno de paja, también disfrazado y con careta, de manera que da la impresión de tratarse de un personaje con dos caras o dos cuerpos que tiene la misión de engañar a la gente para que en un momento determinado no sepan hacia dónde va a echar a correr, hacia adelante o hacia atrás, y poder coger a alguien desprevenido y zurrarle.

Los niños de los “chocaios”: generalmente son niños (entre los doce y los dieciseis años) que llevan a la espalda tantos “chocaios” (cencerros de vacas) como pueden y que tienen que correr delante de los “marafois” haciendo ruido y sin dejarse coger para evitar una buena zurra. Aquí los “chocaios”, instrumentos típicos de otros carnavales vecinos bien conocidos, no van colocados de la misma forma, es decir, en la cintura o la espalda, sino con el collar sobre los hombros y cayendo los cencerros sobre el pecho, haciendo un montón tan grande como el niño pueda llevar. Para hacer más llevadero un buen haz de ellos, se acostumbra a llevar varios colgados del mismo collar (cinta de cuero). El ruido se consigue moviendo los hombros y el pecho adelante-atrás-arriba-abajo, rítmicamente.

Los burros: aunque a alguien le pueda resultar chocante, el burro, animal de carga indispensable en una geografía escarpada como ésta, también es un personaje importante en el “entrudio”: disfrazado de cien maneras distintas tira de los “carros afeitados”, transporta “marafois” encima o simplemente es un personaje más en una parodia o cuadro cómico, e incluso entra en las cocinas y en los bares si llega el caso.

Material: ya quedó subrayado al hablar de los “fiadeiros” que los personajes disfrazados utilizan diferentes materiales, pero todos ellos caseros: ropa vieja de hombre o de mujer, ropa característica de algunos personajes (sotana, traje de novios, ropa de niños…), instrumentos de uso común (bastones, estacas, bacinillas…), caretas muy sencillas de trapo con agujeros o de cartón pintado al carbón (hechas normalmente a partir de cajas de zapatos), y también tizones del fuego para tiznarse la cara a modo de rudo maquillaje para pintar barbas, bigotes, cejas o simplemente para disfrazarse de moro.

Los “carros afeitados” también son utilizados el martes de “entrudio” para hacer una especie de desfile. El carro –que no es el normal de trabajo, sino uno más pequeño que se usa para llevar los aperos de labranza– va tirado por un burro disfrazado y es adornado con varales verdes doblados, cubiertos con colchas o harapos hasta dar una imagen de carro de gitano. Lleva gente disfrazada encima o alrededor y es el centro de pequeñas parodias o cuadros escénicos. La escena “gitana” era más representada antes, con gente de hablar gitano (castellano) y comerciando con burros, es decir, una imagen de gitano-tratante de burros que debía ser muy común en el lugar por entonces.

II. Planteamiento y desarrollo de la fiesta

Comienza el “entrudio” pues, el domingo por la tarde, cuando los niños de los “chocaios” y los “marafois” empiezan su carrera. Los “marafois” persiguen a los de los “chocaios” alrededor del pueblo al principio, pero luego, saliendo varios “marafois” de diferentes puntos, intentan sacarlos fuera de ese circuito y perseguirlos hacia fuera del pueblo (cuanto más y más lejos los hagan correr, más mérito tiene la fiesta). Después de esa carrera verdaderamente infernal, por el ritmo y por el ruido, comienza el “baile de entrudio”, al que acude todo el mundo disfrazado de las más diversas maneras y que ofrece la particularidad siguiente: muchos “marafois” o personas disfrazadas simplemente (sólo son “marafois” los que llevan careta) salen del baile varias veces y cambian sus disfraces para evitar ser reconocidos, convirtiéndose de este modo el baile en un acontecimiento lleno de novedades en todo momento. El lunes, la fiesta se hace igual que el domingo: por la tarde los “marafois” persiguen a los de los “chocaios” y todos juntos bailan por la noche, eso sí, con disfraces diferentes a los del día anterior (sobre todo si alguien sospecha que pudo ser reconocido); pero el martes se rompe con todo para enfocar la celebración desde otro ángulo: es día de carrozas y de parodias.

La carrera de los “chocaios” es sustituida ese día por una especie de desfile no organizado (se van sumando grupos indiscriminadamente) formada por carros “afeitados”, de los que ya hablé, o por grupos de personas disfrazadas que van representando cuadros cómicos: dos jóvenes uncidos a un arado, con otro que dirige, van parodiando escenas de labranza; una gruesa señorona (un joven que enseña bien los pelos de las piernas) pasea en un cochecito a su pequeño, que bebe buenos tragos de vino del biberón, etc.).

Ese desfile, al que se van incorporando participantes, da una vuelta por todo el pueblo, parando siempre que lo considere necesario cada grupo (allá donde haya gente dispuesta a atender y a reír) para lucir su escena. Cuando se hace de noche se retiran todos y se reúnen otra vez un poco después en el baile, cada uno con su nuevo disfraz, para despedir, entre diversión y alegría ese “entrudio” que por un año acaba ya esa noche.

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