Posteado por: rodriguezpascual | 24 marzo 2011

El traje típico de Carbajales y Tierra de Alba (1. Situación del tema. 2. Reflexiones sobre el traje típico.)


El traje típico de Carbajales y Tierra de Alba (1. Situación del tema. 2. Reflexiones sobre el traje típico.)

Francisco Rodríguez Pascual.

Stvdia Zamorensia 3 (1982) pp. 267-302.

I. SITUACIÓN DEL TEMA

Carbajales de Alba y su comarca son conocidos principalmente a través de los bordados y el traje típico. Alba y Aliste han desarrollado esta forma de artesanía al menos desde el siglo XVI, siendo Carbajales y Sejas los dos centros más importantes. Por lo que se refiere al primero, hay que subrayar la enorme aceptación social que siempre han tenido sus productos artesanales. No hace mucho, la prensa nacional se hacía cargo del éxito cosechado por el traje carbajalino en Munich y Tel Aviv. En otras ocasiones ha enfatizado también esa ola de sorpresa y admiración que levanta por doquier, fuera y dentro de nuestras fronteras. Varios premios al baile y al traje –siempre íntimamente vinculados– han venido a refrendar el interés suscitado por la indumentaria típica de Alba entre gentes de áreas culturales a veces muy heterogéneas y alejadas entre sí. Por otra parte, el traje de Carbajales y su comarca ha representado a la provincia de Zamora desde hace bastante tiempo –dos centurias al menos– en acontecimientos socio- culturales, certámenes artesanales y exposiciones folklóricas. Bien merece, por consiguiente, que le prestemos alguna atención, que le dediquemos algún estudio, más  allá de cualquier planteamiento “chauvinista”. Comenzaremos ubicando el fenómeno. Porque no se trata de un hecho aislado e insólito, sino que surge en un contexto más amplio que propicia su aparición y determina sus características.

El traje albense aparece en una zona de fuerte personalidad cultural e histórica. El protagonismo coyuntural de otras regiones españolas, económicamente más poderosas (léase Cataluña, Vascongadas, etc.), nos ha hecho pensar que la nuestra es anónima, vacía, horra de identidad y riqueza etnológica, cuando ocurre exactamente lo contrario. Al hablar recientemente con Nieves de Hoyos en el sempiternamente cerrado Museo del Pueblo Español de Madrid, recordaba algunas frases suyas y de su padre en el estupendo libro, elaborado por ambos, Manual de Folklore. Don Luis de Hoyos,  después de múltiples y controladas investigaciones con sus alumnos de la Escuela de Magisterio, llega a una sistematización de las zonas del traje popular –que son también las grandes zonas etnológicas de España, según él–, no superada todavía; el libro último de M. Comba apenas rebasa el nivel meramente descriptivo. Ofrece los resultados en un breve artículo en francés: “Les zones ethnographiques de l’ornamentation populaire espagnole” (Art Populaire, II, pp. 53- 55). Repetirán el esquema, tanto él como su hija, en obras posteriores, incluido el Manual. Dejando aparte Canarias, distingue cinco zonas etnológicas y del traje regional español:

1.a La zona Cantábrica o Norteña, que comprende desde Finisterre (Galicia) hasta el Pirineo occidental (Navarra).

2.a La zona Central: las dos Mesetas.

3.a La Levantina: incluye el Levante en sentido amplio, desde Cataluña a Murcia pasando por Baleares.

4.a La Andaluza se subdivide etnográficamente en oriental (granadina) y occidental (bética).

5.a La zona Oeste, que está integrada por el antiguo reino de León (León, Zamora y Salamanca), más Cáceres y algo de Portugal (Tras- Os-Montes). De esta zona, Luis y Nieves de Hoyos afirman lo siguiente: “Es la región nuclear y de más arcaicos elementos (culturales) de España. (Hoyos, L. y N. de, Manual de folklore (Madrid 1947) 527.)

Se trata, según ellos, de un área enormemente creadora y proyectiva. En efecto, desde ella se puede seguir la evolución en círculos concéntricos –dicen, utilizando el vocabulario difusionista– de diversos rasgos y prácticas, hasta llegar a los mismos límites de la Península.

Podían haber añadido que algunos son fácilmente detectables en el continente americano de influencia española. El profesor Hoyos se felicita en varias ocasiones de haber sido uno de los pioneros en descubrir, allá por el año 1920, la importancia etnológica de la región Oeste. Por lo que atañe al traje típico, recuerdan los dos autores la enorme impresión que produjo la “Castilla del Duero” en la Exposición del Traje Regional, celebrada en Madrid, en 1925. No dudan en afirmar de la citada zona Oeste: “Es, sin duda alguna, la región más rica de España en cuanto a los trajes regionales se refiere, y en general en muchos elementos etnográficos” (Hoyos, L. y N. de, Manual de folklore (Madrid 1947) 250.)

Por otra parte, “la etnografía y las artes populares de España son de las más ricas del mundo” (Hoyos, N. de, El Traje Regional de España. Col. Temas Españoles, n.° 123 (Madrid 1956) 3.)

Nieves de Hoyos, en el opúsculo El traje Regional de España, se expresa todavía con mayor efusión: “Podríamos enunciar con grandes pancartas que es ésta la región más variada y rica de España en cuanto al traje regional se refiere, y, ¿no implica esta  sencilla afirmación que será la más rica y variada del mundo?… En un concurso o competición… ganaría esta zona Oeste de España en riqueza y variedad de trajes a cualquier otra del mundo” (Hoyos, N. de, Bordados y Encajes. Col. Temas Españoles, n.° 30 (Madrid 1953) 12.)

Según la autora, sólo algunas regiones de Centroeuropa podrían comparársele, aunque ya a bastante distancia. De la zona Oeste partió la utilización de prendas tan importantes como el sayo, el sombrero femenino, la faja-cinturón, el chaleco de escote cuadrado…

Sin embargo, en la Exposición de 1925, la gran sorpresa fue, sobre todo, Zamora: “Descubrió en realidad Zamora para el gran público la riqueza y originalidad de su indumentaria y ajuar” (Hoyos, N. de. Bordados y Encajes. Col. Temas Españoles, n.° 30 (Madrid 1953) 13.)

Años más tarde escribe N. de Hoyos: la provincia de Zamora “no queda a la zaga, sino más bien supera a la de León en cuanto a la variedad y riqueza de trajes”.

En el Museo del Pueblo Español, que recoge buena parte de lo presentado en la Exposición, existe “la más espléndida representación de la indumentaria nacional”. Concretamente, Zamora tiene allí ejemplares magníficos del traje de Benavente, de la Viuda Rica de Toro, de Aliste… y, por supuesto, de Carbajales. De este último vamos a hablar, aunque sin perder de vista los marcos más amplios a que acabamos de referirnos.

Después de situar el tema en la zona cultural Oeste, creo que se debe hacer una referencia a otros factores o circunstancias extrañas al traje carbajalino, aunque pertinentes a la Tierra de Alba, que pueden ayudar a comprender la singularidad de aquél dentro del contexto general que hemos descrito. Con ello se perfila aún más la ubicación.

1.a El traje albense aparece dentro de una unidad geográfica, cual es la comarca natural de Los Carbajales. Junto con los Campos de Aliste, Sayago, Tábara, Tierra del Pan, Tierra del Vino y Sanabria constituyen la provincia de Zamora desde el punto de vista comarcal. Se encuentra en los valles inferiores del Esla y del Aliste, limitando con Tábara (N), Tierra del Pan (E), Sayago (S) y Campo de Aliste (O). Forma una penillanura de pizarra, con un suelo más bien pobre, aprovechado para el cultivo de cereales y –hasta hace poco– de lino. El tejido de esta planta y la lana van a ser fundamentales para la confección del traje típico. Abundan ciertos minerales y son frecuentes los bosques y bosquecillos de robles y encinas (carbajos), de donde le viene el nombre a la comarca.

2.a La comarca de Los Carbajales se convirtió en unidad administrativa, con régimen de señorío, cuando el ocho de agosto de mil cuatrocientos cuarenta y nueve el rey Enrique IV concedió el título de Conde de Alba de Liste a Don Enrique de Guzmán, después de las guerras que éste sostuvo con los portugueses y con los moros de Granada. El  pequeño condado, compuesto por catorce pueblos más la villa (Carbajales) y que tiene prácticamente los mismos límites que la comarca natural, funciona como tal hasta finales del siglo pasado. Obra en mi poder la sentencia del último pleito (1887) entablado por el Conde de Alba de Liste contra los habitantes de la comarca por negarse a pagar el noveno.

3.a Por último, el traje carbajalino surge también dentro de una unidad eclesiástica (vicaría en cierta manera autónoma, aunque dependiente del arzobispado de Santiago), desde hace varios siglos. En efecto, según un manuscrito que existe en el Archivo de la Mitra de Zamora (leg. “B”, Doc. n.° 37/1 del catálogo de García Diego) que se redactó probablemente a mediados del siglo XVIII, hacia 1070 “los Arzobispos de Braga, o por la división del reino o por razón de metropolitanos o por otro título que ignoramos se intrusaron en el gobierno y posesión de los territorios de Braganza y Aliste (el gran Aliste, que incluía Alba)”. Esto provocó un pleito entre Braga y Astorga, que se creía con derechos históricos sobre los territorios. Medió en el asunto, por decisión papal, el arzobispo de Santiago. Quedó el problema resuelto, asignando Braganza a Braga, y Alba y Aliste, cual vicarías relativamente autónomas, a Santiago “en interim se decidía…, no como propietario sino como administrador por modo de tenuta o encomienda”. Con este estatuto eclesial existieron hasta finales del siglo pasado, en que fueron incorporadas a la sede de Zamora. Opino que las anteriores circunstancias ayudan a comprender la relativa unidad-singularidad del traje carbajalino (así como de otros rasgos culturales), aunque no los expliquen totalmente. Resulta curioso constatar cómo las Sinodales de las Vicarías de Alba y Aliste, publicadas por el arzobispo de Santiago, don Maximiliano de Austria, en el siglo XVII, achacan a esa situación atípica la peculiaridad y aún rareza de ciertas prácticas y costumbres.

Pero la singularidad hubiese sido tal vez más acentuada de haber estado la comarca recluida dentro de ella misma. Históricamente no ha ocurrido así, sino que ha permanecido abierta a la comunicación. Trasladándonos a épocas relativamente recientes, podemos comprobar esto en mapas como el de la provincia de Zamora, hecho por Don Tomás López de Vargas Machuca sobre otro del reino de León, compuesto por el Brigadier e Yngeniero Don Julián Giraldo (1773), y el de las Vicarías de Alba y Aliste, que data, según parece, de mediados del siglo XVIII. La Tierra de Alba, y de un modo especial la villa, aparecen en ellos como un centro neurálgico de rutas que las relacionan con Tras-Os-Montes, Salamanca, León…, en una palabra, con todo su contexto cultural, la zona Oeste. Una situación parecida vivió la Serranía de Francia con el arrierismo, el trasiego de estudiantes, los caminos de peregrinación…, siendo éste un factor a tener en cuenta al estudiar sus joyas y su indumentaria típica. A manera de inciso quiero decir que no se deben confundir conceptos como identidad, originalidad, personalidad, riqueza… cuando se aplican al mundo de la cultura.

II. REFLEXIONES GENERALES SOBRE EL TRAJE TÍPICO

Una vez situado convenientemente el tema, pasamos a hacer algunas reflexiones de carácter general sobre el traje típico. A Gustavo Bueno le gusta repetir que el hombre es un mono vestido, y no desnudo como afirmó Desmond Morris.

En todas las culturas registradas, al menos desde el paleolítico medio, el homo sapiens se ha vestido, entendiendo por vestido, en sentido amplio, el adosamiento al cuerpo humano de algo exógeno, ya sea un disco de madera en los labios, un brazalete en las extremidades superiores o un taparrabos en las partes genitales. Parece ser que el chimpancé en cautividad desarrolla cierta tendencia a cubrir el cuerpo. Al vestido hay que colocarlo dentro del fenómeno más general de las mediaciones que el hombre establece entre su organismo y el entorno, rompiendo la relación directa e inmediata con el mismo, propia de los otros animales inferiores en la escala zoológica. Desde una vertiente, el vestido aparece como prolongación del cuerpo; desde la otra, cual manipulación o tratamiento del medio. En cualquier caso, las funciones que el vestido ha ejercido y ejerce en la vida del hombre son múltiples y heterogéneas. La antropología cultural nos habla al menos de las siguientes: defensa frente a condiciones ambientales adversas, adorno, respuesta cultural al sentimiento generalizado del pudor, medida mágica para defenderse de las influencias maléficas y atraer las benéficas, indicación de la pertenencia socio-económica, simbolización de la profesión, señalización del sexo, enfatización de acciones rituales o ceremoniales y celebración de hechos concretos. La antropología filosófica ha hablado de otras funciones, como defender la intimidad frente al otro, que es el infierno, etc. Varias de las anteriores funciones denotan claramente que el vestido humano es, de manera eminente, cierta forma de lenguaje, de comunicación visual-simbólica, de intercambio de mensajes y contenidos de índole diversa entre un emisor y un receptor mediante técnicas y procedimientos específicos.

A través del vestido, el hombre expresa algo a alguien y –lo que es más importante– se expresa a sí mismo. El vestido manifiesta o explicita la presencia del hombre en general y de tal hombre concreto. Mediante su vestido, la mujer que tengo delante me comunica si está dolorida, si es serrana, si busca pelea… Ya lo dice el refrán popular: “Lo que te cubre, te descubre”. El llamado traje típico cumple varias de las funciones reseñadas, aunque con diverso énfasis. Del alistano se suele decir que está hecho principalmente para el abrigo; del carbajalino, que es ornamental. Unos acentúan la diversidad sexual, mientras otros tienden a nivelarla (recordemos las sayas varoniles –con puntillas y todo– de Laguna de Negrillas, en León). Varios tienen un carácter inequívocamente mágico: los que simulan espíritus o demonios; algunos, en cambio, lo tienen jerárquico, como el famoso de la Alcaldesa de Zamarramala (Segovia). En cualquier caso, el traje típico es siempre lenguaje: significa, expresa y transmite la identidad del grupo de una manera simbólica. Los etnólogos suelen decir que el vestido es un elemento tan diferenciante o más que la lengua o el dialecto, y, por supuesto, mucho más que las particiones políticas; transciende las fronteras y los idiomas, como puede verse en la zona Oeste, integrada por parte de España y Portugal. Por encima de todo, el traje típico cumple hoy ese cometido: ser símbolo de identificación colectiva.

Estrictamente hablando, no es un traje popular, como puede serlo el vaquero. La gente ni siquiera lo viste, sino que simplemente se lo pone en ocasiones contadas y significativas. Es sólo típico porque tipifica. Los psicoanalistas pueden dar la vuelta al argumento: se trata de un mecanismo de compensación u ocultación; un refrán popular parece apuntar en este sentido: “dime de qué presumes y te diré lo que no tienes”.

No estoy de acuerdo con esta interpretación, que violenta mucho los hechos. Como tampoco lo estoy con la idea de Ortega en su artículo Para una ciencia del traje popular (prólogo al libro de Ortiz Echagüe Tipos y Trajes de España): “Raro será el sitio donde el pueblo no sienta ya como disfraz su traje popular…; (produce éste) una impresión extraña de equívoca mascarada. El pueblo, que si es algo peculiar es precisamente vida espontánea y que se ignora a sí misma, aparece aquí como sorprendido de ser tal y cual es, como representando, por eutrapelia, un papel que algún poeta erudito le ha compuesto, es decir, viviendo la definición que de él ha dado alguien que no es el pueblo”. Yo opino, en contra de Ortega, que el pueblo eterno no se desilusionará al descubrirse haciendo la farsa de sí mismo, sencillamente porque no existe tal farsa. Hubiese sido más fértil el discurso del pensador español si lo hubiese orientado en otra dirección: la necesidad de identificación o singularización que siente el animal humano, en cuanto individuo y grupo. Necesidad que se vuelve más perentoria en unas épocas que en otras. Tiene razón Ortega en una cosa: “Nadie se ha parado a meditar sobre el hecho genérico del traje popular, sobre su naturaleza y las leyes de su variación”. Pero sus aportaciones el respecto resultan poco enriquecedoras. Sólo desde una óptica torpe y deficiente se puede afirmar que los trajes típicos son sustancialmente iguales. El origen del traje típico fue, generalmente, una forma de traje popular-festivo, que adquirió paulatinamente entidad propia. Tampoco comulgo con la tesis de Ortega en este punto: “Su origen no suele ser popular ¿De dónde viene entonces? No cabe duda, de las aristocracias… En las tierras bajas y abiertas, el traje popular femenino procede de una moda aristocrática relativamente reciente” (Ortega y Gasset, J., Prólogo a Tipos y Trajes de España de Ortiz de Echagüe (Madrid 1930). En o.c., Vol. III, pp. 695-700. )

El juicio o veredicto es hiperbóreo, superficial e indocumentado, como ocurre tantas veces en el filósofo hispano, buen levantador de pesas, pero mal tirador. Los especialistas acostumbran a decir que los llamados trajes regionales quedaron sustancialmente fijados y estabilizados en el último período de uso de los mismos, es decir, entre 1750 y 1880, época del inicio de la transformación económica e industrial de España. El Marqués de Lozoya asegura que el XVIII es el Siglo de Oro del traje regional. Sin embargo, en él existen siempre algunos elementos antiguos (N. de Hoyos). En épocas anteriores, los trajes pertenecían a las clases o estados, no a las regiones. “Cuando las clases social y económicamente elevadas empiezan a considerar a París como capital del mundo…, se crea en los últimos años del reinado del Rey Sol una forma de vestir que obedece a la moda…; pero precisamente en este momento es cuando se afianza en las regiones el modo de vestir popular y peculiar de cada una de ellas, e incluso a veces de cada pueblo. Es como una reacción contra el extranjerismo y un gusto por supervalorizar lo local” (Hoyos, N. de, El Traje Regional en España. Col. Temas Españoles, n.° 123 (Madrid 1956) 4.)

El afrancesamiento del vestido, que condujo a motines populares como el de Esquilache (1766), provocó en amplios sectores la reacción contraria: potenciar la indumentaria propia o castiza de cada región, fijándola, limpiándola y dándole esplendor, según el conocido lema de la Real Academia. En alguna ocasión se toma el traje típico de la clase superior (Viuda Rica de Toro); pero, generalmente, se adopta el festivo de las clases populares. Carbajales y su tierra conservaban todavía, en este período, el antiguo empaque. La Villa del viejo Condado tenía entonces parroquia floreciente (párroco y varios tenientes), comunidad de agustinos y cinco ermitas; según el Protocolo, redactado por el escribano de turno del Ayuntamiento, contaba para su administración en 1758 con dos alcaldes (uno para el estamento de fijosdalgo y otro para los gremios de labradores y oficiales), tres regidores (correspondientes a los tres estados anteriores), un corregidor, un procurador general, varios justicias y alguaciles, nominadores de los pueblos, etc.; poseía un fuerte militar, con un gobernador al frente; también tenía hospital, matadero y cárcel. En la Villa y pueblos del Condado (Manzanal, Muga, Vegalatrave…) había numerosos telares, batanes, destilerías…

El traje utilizado popularmente en esa segunda mitad del siglo XVIII, sobre todo en su versión festiva, dio lugar al traje típico, confeccionado con los productos de la tierra: lana y lino. El del varón va a sufrir escasas modificaciones casi hasta nuestros mismos días. Somos muchos los que hemos conocido el llamado traje de roble, muy similar al típico actual y al empleado en anteriores centurias. Todavía se recuerdan los nombres o apodos de los últimos portadores: tío Platos, tío Pintalacuerna, tío Bolero, tío Palomito, tío Lorencín… En 1905 Felipe Olmedo hacía esta descripción del traje llevado por los hombres de la Tierra de Alba: “Los jóvenes solteros de tierra de Alba se distinguen de los casados únicamente en que cubren su cabeza con pañuelo rameado, colocado en forma tan habilidosa, que pareciendo como anudado al azar y dejando colgar una punta hacia atrás, se halla perfectamente sujeto y amarrado a un lado en forma muy característica. El calzón suele ser igual en todas partes, dejando en unos al descubierto la pierna que cubre calceta de lana, cubriendo otros la pantorrilla con polainas de paño o bien de cuero al estilo salmantino… La chaqueta simula, mejor dicho, copia  exactamente, la del villano de la edad media, con aldetas, carteras y cuchilladas en las sangrías por donde sale abullonada la blanca manga de la camisa, o bien afecta un corte más airoso que apenas llega a la cintura, con bolsillos ondulados, larga y estrecha manga abotonada que se dobla sobre las muñecas, cuello alto que sostiene también el bordado de la camisa y grandes botones de filigranada plata que hacen juego con los del cuello de la camisa. El chaleco es de escote cuadrado con iguales botones, negro en la tierra de Alba y Aliste…”. Olmedo completa su detallada descripción, diciendo que se diferencia poco “en los varones el traje que podríamos llamar de gala y el de  ordinario…, como no sea en que los colores del pañuelo de la cabeza y la faja suelen ser en las fiestas de colores vivos” (Olmedo, F., La provincia de Zamora. Guía geográfica, histórica y estadística de la misma (Valladolid 1905) 153.)

Por lo que se refiere a la mujer, asegura Olmedo que se transforma en las festividades, haciendo honor a la natural coquetería del sexo. De ese vestido transfigurado y embellecido surge el típico, que se irá distanciando con el tiempo del original. Va a tener distintas modalidades, aunque siempre conservará algunos rasgos específicos: varias piezas y, sobre todo, el predominio del floreo y el color en el bordado. Como es el de la mujer un traje costoso (actualmente el precio de un ejemplar bueno supera con creces las cien mil pesetas), los factores económicos y sociales determinan a veces la variedad. Por ejemplo, la distinción entre bordado y picado tenía originariamente ese sentido: el primero era considerado siempre de mayor categoría que el segundo. Más adelante volveremos a insistir sobre algunos de estos puntos.

Lo que acabamos de decir no contradice la idea anterior de que el Siglo de las Luces marcó el comienzo de la fijación del traje típico. Lo iniciado entonces proseguirá hasta nuestros mismos días. Estos son los principales jalones de la trayectoria en España:

1) La acción, prolongada durante años, de la Institución Libre de Enseñanza.

2) La organización en Madrid (1925) de la exposición del traje popular, bajo la protección de la duquesa de Parcent y la dirección del profesor Hoyos Sáinz.

3) La inauguración del Museo del Pueblo Español de Madrid (1940), en el cual se recogió gran parte del muestrario de la Exposición, completándolo con posteriores adquisiciones. En la dirección del Museo se han sucedido ilustres especialistas: Hoyos, Pérez de Barradas, Caro Baroja…

4) La intervención meritísima de la Sección Femenina de Falange en la promoción de lo regional. Por lo que se refiere a Carbajales, la creación del Taller-Escuela –que produjo, sin duda, buenos efectos en general– determinó la estabilización definitiva del traje, privándole en parte de su variedad enriquecedora; de este tiempo data la total geometrización o estilización del dibujo, la eliminación de los motivos animales, la subida de la saya-manteo… Manuel Comba se queja de esto último en su libro Trajes Regionales Españoles. Algunas instituciones oficialmente encargadas del folklore o demosofía –viene a decir– introducen estas y otras modificaciones presionadas por la moda y la comercialización: al traje regional hay que aceptarlo como es, guste o no guste. Yo añadiría que el traje es algo vivo y, por consiguiente, sujeto a cambios.

Lo importante es que dichos cambios se ajusten a la identidad original. Pero pasemos ya al análisis y descripción del traje albense, para dar seguidamente una  explicación-interpretación del mismo.

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