Posteado por: rodriguezpascual | 11 marzo 2011

Carnaval zamorano. Modelo rural


Modelo rural de Carnaval  zamorano

Francisco Rodríguez Pascual.

Hace unos años publiqué en El Correo de Zamora un artículo titulado “Carnaval de Carbajales”. Decía en él que el carnaval analizado era paradigmático del celebrado en muchos pueblos de la provincia. Incluye elementos que hallamos también en las mascaradas hiemales propiamente dichas. En las líneas que siguen ofrezco una selección de las ideas vertidas en aquel artículo.

  1. I. Los nombres

Actualmente predomina en estas tierras el vocablo carnaval: los festejos y mascaradas que preceden al inicio de la cuaresma. Pero la gente mayor emplea todavía la palabra antruejo, utilizada principalmente en Salamanca según Covarrubias (1611). Luis Cortés documenta la existencia de la denominación entrudio en Lubián. Krüger, a su vez, afirma que el vocablo más generalizado en Sanabria es entrueju. Todas estas palabras (como entrudo portugués) provienen del latín introitus, que significa entrada; en sus orígenes aludía, sin duda, al ingreso en el tiempo litúrgico cuaresmal.

Además de los términos anteriores, existe otro (al menos en las Tierras de Alba y Aliste) para designar las celebraciones de carnaval: caracho o carocho, según los pueblos. Ya hablamos en páginas anteriores sobre el origen de este vocablo, que pertenece al antiguo galaico-portugués, según parece. En algunos sitios, como el mismo Carbajales, a los carnavales se les sigue llamando popularmente los carachos.

II. L os disfraces

El disfraz facial es de dos tipos. En unos casos se busca la desfiguración del rostro mediante gasas antepuestas, máscaras o carachas, y la desfiguración de la voz. En otros, se pinta simplemente la cara, pero sin intención especial de equivocar o dificultar el reconocimiento. En ambos casos se completa el disfraz del resto del cuerpo con prendas extrañas, siendo muy frecuente el travestimiento. Entre dichas prendas aparecen con demasiada frecuencia antiguas y valiosísimas piezas del traje regional. Es una lástima. Parece como si los habitantes de estos pagos quisiesen hacer verdaderas las poco afortunadas palabras de Ortega y Gasset: “Raro será el sitio donde el pueblo no sienta ya como disfraz su traje popular… (produce éste) una impresión extraña de equívoca mascarada”.

Carochos y carachas (abundan más éstas) recorren las calles, entran en las casas, visitan los lugares públicos lanzando gritos característicos que amedrentan a los niños. Frecuentemente se amparan en el anonimato para meterse con la gente, injuriar a los viandantes, sacar a la luz pública ciertos secretos personales o domésticos, criticar a autoridades y funcionarios, contar chistes atrevidos, etc., o simplemente para despistar o “dar la pega”. Una norma, socialmente aceptada por esta gente, reza así: “Es Carnaval y todo pasa”.

III. Simulaciones teatralizadas

Han existido ya varias a lo largo de los años. En todas ellas se han cuidado al máximo los detalles para conferir veracidad o verosimilitud a la representación. Entre las teatralidades, tres se han realizado de una manera habitual: la boda, los toros y el diablo.

a). La boda

La celebraba la pareja constituida por la Madama y el Galán, que iban vestidos con el traje de ocasión empleado en estas tierras y que hemos descrito en otro libro (Tipos y trajes de Zamora, Salamanca y León). Al son de la gaita y el tamboril, los novios recorrían calles y plazas acompañados de soto-novios, padrinos, invitados… En ocasiones se hacía un alto en el camino y la novia simulaba que daba a luz un niño (muñeco o moña) al que tomaba inmediatamente en sus brazos.

b) Los toros

Se solía construir el toro con una escalera, a la cual se cubría con pieles de vaca que terminaban en dos astas de verdad. El toro acometía a la gente que encontraba. Le toreaban unos supuestos diestros, acompañados de picadores montados en burros, banderilleros y monosabios. Al final se hacía el simulacro de matar al animal.

c) El diablo

La gente de más edad afirma que era el caracho más importante de los carnavales. Su disfraz, según los informantes, era similar al que vimos en Riofrío y en otros pueblos de Aliste: careta horripilante, mechas  humeantes, pieles de animal, cencerros… El diablo perseguía a todos con las tenazas o los golpeaba con objetos contundentes. Era una auténtica pesadilla, sobre todo para niños y mozas. Al final se le quemaba (se quemaba un pelele equivalente) después del entierro de la sardina. Todos estos personajes y teatralizaciones nos recuerdan los de otras mascaradas de invierno que hemos analizado a lo largo del libro.

IV. Juegos específicos

Llamamos a estos juegos “específicos” porque sólo se practican durante los carnavales. Solían tener carácter alimentario y encerraban siempre la idea de frustración. Describiré con brevedad los dos más comunes.

1. Juego del “alhiguí”

En casi todos los casos acostumbran a intervenir dos carachos: el listo y el tonto. En el alhiguí el caracho listo sostiene una vara que termina en un higo atado con una cuerda. Valiéndose de una pequeña tabla golpea la vara mientras dice:

Alhiguí, alhiguí,

con la mano no,

con la boca sí.

La gente menuda se lanza a coger el higo con los dientes. Cuando están más embebidos en la operación, el caracho tonto –que tiene aspecto de distraído– les lanza un puñado de ceniza (cernada) o de salvado a la cara.

2. Juego de la naranja

Es similar al anterior. Consiste en sacar con los dientes una naranja de las varias que flotan en una herrada llena de agua. En cualquier descuido del que se atreve a hacerlo, el caracho tonto (el despistado) le hunde la cabeza en el cubo.

V. Hechos insólitos

Se prodigan estos hechos durante los días de los carachos. Unas veces son simplemente chocantes; otras, se aproximan a la animalada. Los informantes consultados han insistido en dos tipos de acciones insólitas porque se repiten con mayor frecuencia y tienen mayor aceptación entre el público:

1. Desvestimiento

Consiste en presentarse en el pueblo y recorrer sus calles completamente desnudo (en piluetro) o con el cuerpo embadurnado con el unto del carro. Naturalmente se considera el gesto como un doble desafío: a la moralidad en uso y a los rigores climatológicos.

2. Arada de la plaza

Realizaban la arada de la plaza dos hombres (a veces dos burros) uncidos al yugo y que tiraban del instrumento agrícola. En ocasiones trillaban en vez de arar.

VI. Exhibición del traje típico

Aunque no existe en el pueblo el día del traje típico, el martes de carnaval es el día del año en que pueden verse a más carbajalinas y carbajalinos luciendo su famosa indumentaria regional. La costumbre es común a toda la zona etnológica Oeste, pues existe no sólo en varias comarcas de Zamora sino también en buena parte de Salamanca y León. Desconocemos el origen de esta tradición centenaria e ignoramos su actual significado. Cuando hemos preguntado sobre el tema a algunos informantes, nos han respondido: se hace para orear el traje, guardado cuidadosamente en el arca con bolas de alcanfor y “palo santo”.

VI. Entierro de la sardina

El ritual grotesco de esta costumbre carbajalina (que se practicó y se sigue practicando en bastantes pueblos de Zamora) coincide en sus líneas esenciales con el de otras regiones de España. Consiste en la simulación teatralizada de un entierro, donde un muñeco, a quien se llama  convencionalmente Liborio, hace las veces de difunto. Preside el sepelio un paisano disfrazado torpemente de sacerdote, al cual acompañan sacristán, monaguillos, portadores de cruces y pendonillas… también disfrazados. Detrás de la comitiva va un grupo nutrido de plañideras vestidas de luto, que lloriquean y lanzan lastimosos quejidos de dolor. Son muchos los que

se asocian el entierro mientras atraviesa las calles de la villa. Algunos alumbran el recorrido con pellejos de vino que arden sujetos a guinchas u horcas de mango largo. Ya en las afueras del pueblo, se hace el simulacro de enterrar el muñeco. En algunos pueblos se le pone una sardina en la boca; en otros se entierra una auténtica sardina, un bacalao… Concluida la representación, los protagonistas se reúnen en una casa para cenar huevos cocidos con bacalao. Así termina la última mascarada de carnaval, que se celebra la noche del Miércoles de Ceniza.

VII. Domingo de Piñata

Como es bien sabido, la costumbre existe en bastantes regiones de España, aunque los rasgos que la integran no son siempre los mismos. La Piña se celebra durante el primer domingo de cuaresma y es interpretada como el último adiós al jolgorio de carnaval.

En Carbajales la fiesta consistía en un baile excepcional, el último que se tenía hasta la Pascua, ya que durante el tiempo cuaresmal estaba vedada esta distracción. Al principio se organizaba en una tenada (cobertizo), según cuentan los viejos del lugar. Después se pasó a celebrarla en el salón público. En cualquier caso, los bailarines discurrían siempre en torno a la Piña: caja cilíndrica colgada del techo que iba llena de dulces, caramelos… De la Piña pendían diversas cintas de color; sólo una podía abrir la tapadera de la caja. El baile se hacía por parejas formadas anteriormente por sorteo

entre la mocedad masculina y femenina. Durante la pieza bailable, la moza tiraba de una de las cintas mientras el mozo sostenía el mandil de su acompañante para recoger lo que cayese. La pareja que acertaba con la cinta de la suerte se llevaba el contenido. Además de la Piña del salón, las pandillas de jóvenes solían organizar otras, en las cuales, amén de las golosinas, se incluían sorpresas como ratones, pájaros, etc. El Domingo de Piñata llegó a tener un arraigo especial en Carbajales, arraigo que se hallaba todavía reflejado en el lenguaje popular. Frecuentemente se utilizaba la expresión “cayó la piña” para significar que se acabó algo o que, al fin, se consiguió un fin apetecido.

Este modelo de celebración rural de los carnavales en Zamora se ha conservado hasta época reciente. La gente mayor lo recuerda perfectamente porque lo vivió con intensidad. En algunas partes están realizando serios esfuerzos por resucitarlo.

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